
Generalmente cuando instalo Linux en mi computadora, la relación que yo tengo con el sistema operativo suele ser un tanto caótica. De todos modos, entre él y mi computadora se llevan absolutamente bien.
El problema empieza cuando yo intervengo, intentando modificar algo o cambiando una configuración ya preestablecida. En ese momento, por más que sea lo más inocente del mundo, algo malo tiene que pasar.
La primera vez que sucedió fue cuando, intentando hacer que Wine funcione, decidí cambiar el nombre de algunas carpetas esenciales en mi instalación de Windows, desde Linux. De más está decir que me dolió mucho el siguiente formateo porque tenía a Ubuntu personalizado tal cual quería.
No contento con que suceda una vez, volví al ruedo. En este caso, intenté arrancar Linux Mint desde una unidad USB (un pendrive) y, al no funcionar, decidí que lo mejor era hacer algunos “ajustes” en el Setup de la computadora.
¿Qué hice? Agregué al arranque todas las unidades de USB que existían en la lista, sin antes hacer algunos malabares con la organización del disco duro y la unidad de CD. Más allá de todo, ambos quedaron como de costumbre.

De todos modos, el daño estaba hecho. Volví a reiniciar la computadora, con ansias de ver la pantalla de Mint, pero en vez de eso me encontré con que mi PC se colgelaba en el mensaje “Olivetti” y también al intentar acceder al Setup.
Se imaginarán mi frustración, minutos después, al darme cuenta de que no había forma de despertar a la computadora de su letargo. Y justamente por eso mismo estoy escribiendo esto ahora, para saber, indirectamente, si alguien entiende cuál fue el problema.
Aun así, lo único que puedo decir es que la ausencia de mi computadora va a ser bastante prolongada. Si se descubriese cuál es el dilema detrás de todo esto, posiblemente no esté de humor para invertir en otro arreglo más (sumado al del cargador, hace unas semanas atrás).
Ergo, lamentablemente vamos a tener unas cuantas lagunas con el blog (y hasta caídas) hasta que pueda solucionar definitivamente la cuestión. Si suelen tener mucha mala suerte con los cambios, yo les aconsejo, NO TOQUEN NADA!

